No es lo mismo morirse para un hindĂș, budista, cristiano o un indĂgena en cualquiera de sus naciones tribales. A cada uno le espera un destino final segĂșn sean sus creencias.
Los rituales siempre me llamaron la atenciĂłn desde que me enterĂ© que la religiĂłn mĂĄs antigua y responsable del nacimiento del cristianismo, el judaĂsmo y el islam (el Zoroastrismo) dejaba a sus muertos en terrazas donde los buitres pudieran hacer de ellos su alimento. Incluso en la actualidad se estila esta prĂĄctica de entierros aĂ©reos en el Tibet, a campo abierto y con la ayuda de descarnadores que hacen que los animales alados tengan menos trabajo a la hora de comer. Claro que tambiĂ©n existen variantes como la de los hindĂșes con la quema del difunto y su destino en el rĂo, o como en algunas tribus asiĂĄticas del tipo de los Ibaloi donde los cuerpos se momifican como lo harĂan en el antiguo Egipto. Nosotros en Occidente enterramos, cremamos o apilamos para abaratar costos, pero tambiĂ©n hay quienes meten los cuerpos en el interior de los ĂĄrboles como los Toraja. Parecen interminables las formas de disponer de los difuntos y serĂa muy largo enumerarlas con total detalle, aunque serĂa morbosamente interesante.
Pero Ă©ste post sĂłlo trata lo referente a los Igorot, un grupo Ă©tnico que en tagalo significa “gente de la montaña”. Corresponden a una etnia de las tierras altas de las filipinas, mĂĄs precisamente en la zona de Cordillera en la isla de LuzĂłn. Son pueblos indĂgenas que viven de la agricultura en pequeñas plantaciones en terrazas de la zona de Ifugao y que conocen el arte de modificar las generosas montañas para su beneficio desde hace mĂĄs de 2.000 años.
Son descendientes de antepasados malayo-polinesios y fueron conocidos en otras Ă©pocas por ser tremendamente guerreros y denominados como cazadores de cabezas. DecĂan que las cabezas otorgaban los poderes y la esencia del vencido, pero por suerte ya se han convencido que no les da mucho resultado.
Lo interesante ocurre en la aldea de Sagada, donde desde hace mĂĄs de 2.000 años los Igorot cuelgan a sus muertos en ataĂșdes adheridos a las laderas de la montaña para que lleguen con mayor facilidad al cielo, donde viven sus dioses. Desde esos lugares se supone que los muertos pueden observar y cuidar a sus familias, y para que el trabajo no sea tan cansado algunos les enganchan una silla junto al fĂ©retro.
La costumbre tambiĂ©n puede ser analizada de manera un poco mĂĄs pragmĂĄtica ya que dejando el ataĂșd entre el cielo y la tierra se ahorraban el espacio de cultivo y se lograba que los animales carroñeros no llegaran hasta ellos. Pero quedĂ©monos con lo curioso de la prĂĄctica.
El “Echo Valley” es uno de los lugares donde se acumula mayor cantidad de ataĂșdes colgantes. El acceso es bastante fĂĄcil y los guĂas turĂsticos se encargan de que nadie los pase por alto ya que son difĂciles de divisar a simple vista.
Existen en otros lugares tales como la zona de Sungong y es posible encontrar un poco de todo: fĂ©retros arbĂłreos abiertos, cerrados, crĂĄneos, clavĂculas, hĂșmeros… sillas. No solo hay en los peñascos, piedras o acantilados, tambiĂ©n se los puede encontrar en los lugares mĂĄs insospechados, en recovecos, grietas y en pequeñas o grandes cuevas.
Usted solo debe preguntarle a un local si existe algĂșn "hanging coffins" por el lugar y ellos le indicarĂĄn los caminos mĂĄs estrafalarios como si se tratara de lo mĂĄs normal del mundo.
En la actualidad los Igorot ancianos pueden seguir esta prĂĄctica de antaño en los alrededores del Echo Valley. La tradiciĂłn marca que el ataĂșd lo debe realizar el mismo difunto antes de morir (claro). Suele ser un tronco de ĂĄrbol vaciado donde se coloca el cadĂĄver en posiciĂłn fetal. Una tapa de madera con dos estacas a cada extremo y listo. No hace falta nada mĂĄs.
El dĂa del entierro, se viste a la persona fallecida con los colores y telas de su familia para que sus antepasados en el mĂĄs allĂĄ lo reconozcan fĂĄcilmente. Los dioses piden como ofrenda el sacrificio de 20 cerdos y 60 pollos para este gran dĂa. Los familiares vivos llevan el ataĂșd hasta el borde del acantilado, esperando que en el camino les toque alguno de los fluidos corporales de la persona fallecida, porque creen que contienen su talento y buena suerte (pero , como dije, ya no cortan cabezas para el mismo efecto).
AllĂ lo depositan, cuelgan o descuelgan, con absoluta pericia, puesto que algunos lugares son prĂĄcticamente inaccesibles, y mĂĄs complicado aĂșn si hablamos de llevar y colgar un ataĂșd de mĂĄs de 100 kilos en una pared de piedra.
Esta tradiciĂłn de enterramiento milenaria tambiĂ©n se encuentra en otras zonas del planeta como Indonesia y China. La mayor pila de ataĂșdes colgantes se encuentra, cĂłmo es lĂłgico de esperar, en China, en la provincia de Guizhou y fue descubierta hace tan solo 10 años. En ese lugar mĂĄs de mil ataĂșdes cuelgan en un abismo casi inaccesible ordenados por su ĂĄrbol genealĂłgico, con las generaciones mĂĄs antiguas arriba y las mĂĄs jĂłvenes abajo.
Pero en Sagada han pasado miles de años donde todos los dĂas al atardecer, se inundan las casas, montañas, barrancos, terrazas, caminos, acantilados y tumbas, de enormes nubes que acercan el cielo a la Tierra.
Y ellos estĂĄn a mitad de camino.
Taluego.
Fuentes : http://www.thevintagenews.com y https://caminaresunarteolvidado.wordpress.com
Los rituales siempre me llamaron la atenciĂłn desde que me enterĂ© que la religiĂłn mĂĄs antigua y responsable del nacimiento del cristianismo, el judaĂsmo y el islam (el Zoroastrismo) dejaba a sus muertos en terrazas donde los buitres pudieran hacer de ellos su alimento. Incluso en la actualidad se estila esta prĂĄctica de entierros aĂ©reos en el Tibet, a campo abierto y con la ayuda de descarnadores que hacen que los animales alados tengan menos trabajo a la hora de comer. Claro que tambiĂ©n existen variantes como la de los hindĂșes con la quema del difunto y su destino en el rĂo, o como en algunas tribus asiĂĄticas del tipo de los Ibaloi donde los cuerpos se momifican como lo harĂan en el antiguo Egipto. Nosotros en Occidente enterramos, cremamos o apilamos para abaratar costos, pero tambiĂ©n hay quienes meten los cuerpos en el interior de los ĂĄrboles como los Toraja. Parecen interminables las formas de disponer de los difuntos y serĂa muy largo enumerarlas con total detalle, aunque serĂa morbosamente interesante.
Pero Ă©ste post sĂłlo trata lo referente a los Igorot, un grupo Ă©tnico que en tagalo significa “gente de la montaña”. Corresponden a una etnia de las tierras altas de las filipinas, mĂĄs precisamente en la zona de Cordillera en la isla de LuzĂłn. Son pueblos indĂgenas que viven de la agricultura en pequeñas plantaciones en terrazas de la zona de Ifugao y que conocen el arte de modificar las generosas montañas para su beneficio desde hace mĂĄs de 2.000 años.
Son descendientes de antepasados malayo-polinesios y fueron conocidos en otras Ă©pocas por ser tremendamente guerreros y denominados como cazadores de cabezas. DecĂan que las cabezas otorgaban los poderes y la esencia del vencido, pero por suerte ya se han convencido que no les da mucho resultado.
Lo interesante ocurre en la aldea de Sagada, donde desde hace mĂĄs de 2.000 años los Igorot cuelgan a sus muertos en ataĂșdes adheridos a las laderas de la montaña para que lleguen con mayor facilidad al cielo, donde viven sus dioses. Desde esos lugares se supone que los muertos pueden observar y cuidar a sus familias, y para que el trabajo no sea tan cansado algunos les enganchan una silla junto al fĂ©retro.
La costumbre tambiĂ©n puede ser analizada de manera un poco mĂĄs pragmĂĄtica ya que dejando el ataĂșd entre el cielo y la tierra se ahorraban el espacio de cultivo y se lograba que los animales carroñeros no llegaran hasta ellos. Pero quedĂ©monos con lo curioso de la prĂĄctica.
El “Echo Valley” es uno de los lugares donde se acumula mayor cantidad de ataĂșdes colgantes. El acceso es bastante fĂĄcil y los guĂas turĂsticos se encargan de que nadie los pase por alto ya que son difĂciles de divisar a simple vista.
Existen en otros lugares tales como la zona de Sungong y es posible encontrar un poco de todo: fĂ©retros arbĂłreos abiertos, cerrados, crĂĄneos, clavĂculas, hĂșmeros… sillas. No solo hay en los peñascos, piedras o acantilados, tambiĂ©n se los puede encontrar en los lugares mĂĄs insospechados, en recovecos, grietas y en pequeñas o grandes cuevas.
Usted solo debe preguntarle a un local si existe algĂșn "hanging coffins" por el lugar y ellos le indicarĂĄn los caminos mĂĄs estrafalarios como si se tratara de lo mĂĄs normal del mundo.
En la actualidad los Igorot ancianos pueden seguir esta prĂĄctica de antaño en los alrededores del Echo Valley. La tradiciĂłn marca que el ataĂșd lo debe realizar el mismo difunto antes de morir (claro). Suele ser un tronco de ĂĄrbol vaciado donde se coloca el cadĂĄver en posiciĂłn fetal. Una tapa de madera con dos estacas a cada extremo y listo. No hace falta nada mĂĄs.
El dĂa del entierro, se viste a la persona fallecida con los colores y telas de su familia para que sus antepasados en el mĂĄs allĂĄ lo reconozcan fĂĄcilmente. Los dioses piden como ofrenda el sacrificio de 20 cerdos y 60 pollos para este gran dĂa. Los familiares vivos llevan el ataĂșd hasta el borde del acantilado, esperando que en el camino les toque alguno de los fluidos corporales de la persona fallecida, porque creen que contienen su talento y buena suerte (pero , como dije, ya no cortan cabezas para el mismo efecto).
AllĂ lo depositan, cuelgan o descuelgan, con absoluta pericia, puesto que algunos lugares son prĂĄcticamente inaccesibles, y mĂĄs complicado aĂșn si hablamos de llevar y colgar un ataĂșd de mĂĄs de 100 kilos en una pared de piedra.
Esta tradiciĂłn de enterramiento milenaria tambiĂ©n se encuentra en otras zonas del planeta como Indonesia y China. La mayor pila de ataĂșdes colgantes se encuentra, cĂłmo es lĂłgico de esperar, en China, en la provincia de Guizhou y fue descubierta hace tan solo 10 años. En ese lugar mĂĄs de mil ataĂșdes cuelgan en un abismo casi inaccesible ordenados por su ĂĄrbol genealĂłgico, con las generaciones mĂĄs antiguas arriba y las mĂĄs jĂłvenes abajo.
Pero en Sagada han pasado miles de años donde todos los dĂas al atardecer, se inundan las casas, montañas, barrancos, terrazas, caminos, acantilados y tumbas, de enormes nubes que acercan el cielo a la Tierra.
Y ellos estĂĄn a mitad de camino.
Taluego.
Fuentes : http://www.thevintagenews.com y https://caminaresunarteolvidado.wordpress.com







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